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domingo, 18 de septiembre de 2011

El beso de una paloma

Sus cabellos ondulados eran –ahora– del color del sol.
Sus ojos, de un celeste líquido, brillaron, casi bailando al compás de mis latidos.
Coronándolos, sus cejas auguraban un futuro aún incierto, si bien esperado.
Su pequeña nariz se frunció un poco, acompañando sus labios seductores que dibujaban una sonrisa espléndida a la luz de la lámpara. En respuesta, pero simultáneamente, sus pómulos se colorearon levemente, casi con pena por lo que estaría pasando por aquella mente tan particular como lo era la suya.
¡Ah! Esas sonrisas son las que acompañan la expectativa. Ella tiene una forma algo distinta de expresar alegría.
Sus perfectas orejas se movieron, casi imperceptiblemente.
Vi cómo su alma se me iba acercando. La vi a través de las ventanas de claro azul. Sus labios tuvieron que abandonar todo intento de sonrisa, y su rostro mutó progresivamente. Me negó la vista de su espíritu por unos segundos, mas por suerte pareció cambiar de opinión a último momento. Con mi mirada fija en sus ojos, sentí sus labios tocar los míos. Ella ni yo cerramos los ojos.
Una parte de mí estaba eufórico. Quería gritar a los cuatro vientos “¡Me besó!, ¡ELLA ME BESÓ!”. Otra, por el contrario, me preguntaba si todo esto era real, o un sueño. Odio darle la razón a esta parte, pero dado que sea sueño o realidad, la experiencia es la misma… y dado que yo creo firmemente en eso… (Vale aclarar aquí que se trató de una fantasía, la más bella que cualquier hombre haya imaginado jamás.)
Otra aún, diferente con las otras dos, simplemente quería que eso no acabara nunca.
Entre el escepticismo, la alegría de conseguir lo que esperaba hacía cuatro años o más, y la paz interior más similar al nirvana que jamás experimenté, me debatí en una cuestión: ¿ella me quería? ¿O sólo era que ella se había forjado una mala impresión de mí, y que quería a esa impresión más que a mí?
La duda me carcomía. Cuando se separó, con sus mejillas al rojo vivo y sus ojos vidriosos a punto de llorar (¿tan mal beso?), la miré extrañado… ¿cómo carajo surgió esto? ¿No se suponía que ella jamás me querría en ese modo? O al menos esas eran sus palabras. Hacía un año y algo más que ella era consciente de mi sentimiento más superficial por ella. Supongo que intuyó el resto (dado que nunca fui muy capaz de ser discreto). Tuve que preguntarle:
— Palo… ¿realmente me querés? ¿O lo hiciste por lástima, por el momento?
Ella presentó turbación en su cara. Pero es que… es que yo antes le había estado hablando de que era un fracasado y con razón, que ninguna mujer jamás querría salir de “esa” manera conmigo, y otras cosas de gente que se cree la víctima de sí misma. Y ella escuchaba, y ponía cara de tristeza. Jamás me imaginé que iría a reaccionar así… claro que lo deseaba, pero como una fantasía [dentro de una fantasía, ¿no?], no como realidad. Y después… el beso. El mejor beso que nunca le han dado a un desesperado como yo. El mejor beso jamás imaginado, soñado, o recibido por alguien, en lo que a mí concierne… ¿ese beso podría ser obra de la “culpa”?
— Callate, no cagués el momento— dijo, sonriente nuevamente. Se acostó al lado mío, con su cabeza apoyada en mi regazo.
Le acaricié, lenta y suavemente (o todo lo lenta y suavemente que pude).
Le amaba. Lo quisiera o no, le amaba. ¿Podría ser otra confusión, otra obsesión? Me turbaba pensar en ello. Quise comentarlo.
— ¿Vos sabés que cuando te conocí, en el Parque de la Costa, que estábamos con Julián y Matías, yo creía estar enamorado de una chica llamada Amira? Creo que te conté de ella— asintió con su hermosa cabeza —. Bien, además de eso, yo creía que vos eras la nueva enamorada de Julián, así que no me animé ni siquiera a pensar en vos como una chica linda. Yo te veía como… bueno, te quería ver como una amiga. Aunque, internamente, era otra cosa. Las siguientes dos semanas estaba un poco calmado con respecto a Amira. Nunca supe por qué… aunque ahora lo intuyo. Va, suponiendo que no lo esté imaginando para soportar el hecho de que siento que te amo…
Me miró con cara divertida.
— ¿“Siento que te amo”? Che, eso no es muy distinto al “creo que te amo”. Y eso ya era bastante patético, jaja…
— Sí, sí. Pero… “siento” es siempre la palabra justa, sobre todo ahora. Yo no tengo dudas de que ahora siento amor por vos. Como mucho, tengo dudas de si ese amor es auténtico o es fruto del beso que me acabás de dar.
— Callate, Martín. Por favor, callate.
Su figura (diablos, ¡recién ahora me acordaba del resto de su cuerpo! Eso no coincidía con la imagen de “pajero” que yo tenía de mí mismo) esbelta y, a mis ojos, perfecta, se contorneó para adaptarse a mi cuerpo. Por algún motivo, mi pene no reaccionaba como yo lo esperaba. Yo siempre pensé: cuando me den un beso, no sé cómo voy a hacer para disfrazar mi erección. Pero no tuve una. Y, por todos los dioses, que Paloma lo valía… y no es que no me sintiera excitado… pero…
No sé. Será porque no quise arruinar esa bella fantasía con una escena de sexo. Tengo que escribirlo, pensé.
Y bien. Ahora estoy acá, luego de componer los primero párrafos (a modo de verso, en un principio), sentado frente a mi notebook, deseando con toda la fuerza de la que soy capaz que eso se convierta en realidad… pero sé que nunca pasará. Ahora el tema es: ¿qué tan cierto es eso de que la experiencia es la misma, sea sueño o realidad? Sé que esa frase se creó para quitarle importancia a la eterna pregunta de qué es o no es real, que muchos extrapolaron, generando teorías de que todo es un sueño, un sueño sin soñador, o cuyo soñador es Dios, o bueno, cualquier otra cosa.
Pero: ¿se aplicaba también a este caso? Realmente, ¿importaba o no? ¿La besé realmente a Paloma? Suponiendo que tome dicha frase como válida, incluso en este caso en particular, ¿me ayuda en algo a mejorarme? No. ¿Me ayuda de alguna otra manera? Y… todo depende del sistema de referencia, pero, en síntesis, no.
Así que no vale la pena preguntarme más por esto. Fue una simple fantasía, una muy bella, y que me pareció digna de ser escrita.
Por otro lado, continúa, aunque sólo para un párrafo final.
Recién veía su figura, su hermoso cuerpo, cubriendo tan bello espíritu, tanta belleza dentro de tanta belleza… Y tanta sensualidad… Qué suerte que tenía. Es decir… Paloma… ella… ella me había besado… ¿qué más da si muero después de eso? ¿Para qué querría vivir, si eso es todo lo que deseo?

lunes, 1 de agosto de 2011

Mi alma en palabras de un piel roja llamado Seatle

Carta Abierta al Hombre Blanco
Este documento se escribió hace más de cien años, concretamente en 1855. Su autor es Seatle, jefe de la tribu de los Dwamish, que entonces ocupaban los territorios que hoy forman el estado norteamericano de Washington. Esta carta estaba dirigida al entonces presidente de los USA, Franklin Pierce, y era la respuesta a la oferta de su gobierno de adquirir las tierras de los Dwamish.
El gran caudillo de Washington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El gran caudillo nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta cortesía, pues conocemos la poca necesidad que tiene de nuestra amistad. Queremos considerar la oferta, pues sabemos que, si no lo hacemos, pueden venir los hombres de piel blanca para quitarnos las tierras con armas de fuego. Que el gran caudillo de Whasington confie en la palabra del jefe Seatle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas, inmutables son mis palabras.
¿Cómo puede comprar o vender el cielo, o el calor de la tierra? Se nos hace extraña esta idea. No son nuestros la frescura del aire, ni la transparencia del agua. ¿Cómo podrían ser comprados? Lo decidiremos más tarde. Ha de saber que mi pueblo tiene por sagrado cada pedazo de esta tierra. La hoja brillante, la playa arenosa, la niebla en la oscuridad del bosque; el claro en mitad de la arboleda y el insecto zumbante, son sagradas experiencias y memorias de mi pueblo. La savia que sube por los árboles trae remenbranza del hombre de piel roja.
Los muertos del hombre de piel blanca olvidan su tierra cuando emprenden su viaje entre las estrellas. Nuestros muertos nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos un pedazo de esta tierra, estamos hechos con una parte de ella. La flor perfumada; el ciervo, el caballo, el águila majestuosa; todos son nuestros hermanos. Las rocas de las montañas, el jugo de la hierba fresca, el calor corporal del potro; todo pertenece a nuestra familia.
Por eso, cuando el gran caudillo de Washington nos dice que nos quiere comprar las tierras... es demasiado lo que nos pide. El gran caudillo quiere darnos un lugar para que vivamos todos juntos. Él nos hará de padre y nosotros seremos sus hijos. Hemos de meditar sus palabras. No es fácil, pues las tierras son sagradas. El agua que salpica de nuestros ríos y marismas no es solamente agua, es la sangre de nuestros antepasados. Si le vendiésemos estas tierras, habríais de recordar que son sagradas, y tendríais de enseñar a vuestros hijos que lo son y que los reflejos misteriosos de las aguas claras de los lagos narran los acontecimientos de la vida de mi pueblo. El rumor sordo del agua es la voz de mi padre.
Los ríos son nuestros hermanos, porque nos liberan de la sed. Los ríos arrastran nuestras canoas y acunan a nuestros hijos. Si le vendiésemos las tierras, tendrían que recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son hermanos nuestros... y también suyos. Tendrían que tratar a los ríos con buen corazón.
Demasiado bien sabemos que el hombre de piel blanca no puede entender nuestra forma de ser. Tanto le hace un trozo de tierra que otro, porque como es un extraño que llega de noche a robar de la tierra lo que necesita. No ve a la tierra como una hermana, sino más bien como una enemiga. Cuando la ha hecho suya, la desprecia y sigue adelante. Deja tras él las sepulturas de sus padres y no parece lamentarlo. No lamenta despojar a la tierra de sus hijos. Olvida la tumba de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a la madre tierra y al hermano cielo como si fuesen cosas que se compran y se venden; como si fuesen ganado o baratijas. Su hambre insaciable devorará la tierra, y tras él solamente dejará un desierto...
No lo puedo entender. Nosotros somos de una manera de ser muy diferente. Vuestras ciudades hieren los ojos del hombre piel roja. Quizá sea así porque el hombre de piel roja es salvaje y no puede comprender las cosas. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre de piel blanca; ningún lugar donde se pueda escuchar en Primavera el nacer de las hojas, o el frotar de las alas de un insecto. Quizá me lo parece así porque soy salvaje y no entiendo bien las cosas. El ruido de la ciudad es un insulto para el oído. Y me pregunto: ¿qué tipo de vida tiene el hombre cuando no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza, o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la charca? Soy hombre de piel roja y no puedo entenderlo. A los indios nos deleita el ligero rumor del viento acariciando la cara de la aurora, y su olor tras la lluvia del mediodía, que trae la fragancia de los abetos.
El hombre de piel roja es conocedor del valor inapreciable del aire, pues todas las cosas respiran su aliento: el animal, el árbol, el hombre. Pero parece que el hombre de piel blanca no siente el aire que respira. Igual que un hombre que lleva días agonizando y que es incapaz de sentir su fetidez. Igualmente si les vendiésemos las tierras, tendrían que tener en cuenta de qué manera amamos al aire, porque el aire es el espíritu que infunde la vida y todo lo comparte. Si les vendiésemos las tierras, tendrían que dejarlas en paz y mantenerlas sagradas, para que fuesen un lugar donde incluso el hombre de piel blanca pudiera saborear el viento endulzado por las flores de la pradera.
Queremos considerar vuestra oferta de comprarnos las tierras. Si decidiésemos aceptarla, tendré que ponerle una condición: que el hombre de piel blanca mire los animales de esta tierra como hermanos. Soy salvaje, pero me parece que ha de ser así. He visto búfalos a miles, pudriéndose abandonados, en las praderas, el hombre de piel blanca les disparaba desde el caballo de hierro sin detenerse. Yo soy salvaje y no entiendo por qué el caballo de hierro vale más que el búfalo, pues nosotros lo valoramos mucho. ¿Qué es del hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen, el hombre tendría que morir con gran soledad en el corazón. Pues todo lo que les sucede a los animales, pronto le sucede también al hombre. Todas las cosas están ligadas entre sí.
Tendrían que enseñar a sus hijos que el suelo que pisan es la ceniza de sus abuelos. Respetarán la tierra si les dicen que está llena de la vida de vuestros antepasados. Hay que hacer que vuestros hijos sepan, igual que los nuestros, que la tierra es la madre de todos. Que de cualquier mal causado a la tierra sufren sus hijos. El hombre que escupe a la tierra, se está escupiendo a sí mismo.
Hay una cosa de la que estamos seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida, pues el mismo no es sino un hilo de ella. Está buscando su desgracia si osa romper esa red. El sufrimiento de la tierra se convierte a la fuerza en el sufrimiento de sus hijos. De eso estamos seguros. Todas las cosas están ligadas como la sangre de una misma familia.
Incluso el hombre de piel blanca, que es amigo de Dios y se pasea con él y le habla, no podrá huir de nuestro destino común. Quizá sea verdad que somos hermanos. Ya veremos. Sabemos algo que quizá algún día descubráis vosotros: que nuestro Dios es el mismo que el vuestro. Se piensan que quizá tienen poder por encima de Él y entonces quieren tenerlo sobre todas las tierras, pero eso no puede ser. El Dios de todos los hombres se compadece tanto de los de piel blanca como roja. Esta tierra es muy preciada por su Creador, y estropearla sería una gran ofensa. Los hombres de piel blanca también sucumbirán y quizá antes que el resto de las tribus. Si ensucian su cama, cualquier noche morirán sofocados por sus propios excrementos. Pero verán la luz cuando llegue la última hora y entenderán que Dios los condujo a estas tierras y les permitió su dominio y la dominación del hombre de piel roja con algún propósito especial. Este destino es verdaderamente un misterio, porque no podemos comprender qué pasará cuando los caballos hayan perdido la libertad; cuando no quede ningún rincón en el bosque sin la pestilencia del hombre y cuando encima de las verdes colinas tropiece nuestra mirada, por todas partes, con la telaraña de los hilos de hierro que llevan su voz.
¿Dónde está el bosque espeso? Desapareció. ¿Donde está el águila? Desapareció... Así se acaba la vida y empieza la supervivencia...

Creo que no es la primera vez que leo esto; pero lo ví en la página web (ya vieja) de Ricard Ibañez, un tipo español que es autor de un juego de rol llamado Aquelarre, el juego de rol demoníaco-medieval, y otro llamado El juego de rol del Capitán Alatriste. No sé si escribió otros juegos de rol, pero sí se que escribió también algunas novelas, y a los españoles parece gustarle.
Lo importante acá es que este texto me conmueve, porque es una lectura a mi alma, es el espíritu que busco tener, y es la filosofía a la que aspiro a llegar; muchos dirían que ya no vale la pena; yo les respondo con un dicho ya gastado: soñar es gratis.
Y, sólo para mencionarlo: a veces, hasta los sueños más increíbles e inverosímiles se convierten en realidad.

Para cerrar, quiero decir que yo me siento muy mal cuando veo los edificios modernos, y aún peor cuando veo los edificios ya gastados y resquebrajados, mugrientos; una sensación de melancolía me posee, y mis ojos se ponen llorosos sin llegar a romper en lágrimas; en esos momentos, sólo desearía ser un poco menos terco, y poder llorar. Para que así, luego, pueda actuar, en vez de paralizarme con melancolía y ojos vidriosos. ¿Actuar? ¿Cómo? No sé. Pero pretendo averiguarlo, de alguna manera, en algún momento... pero antes, tengo que aprender a llorar. ¿Quién me enseña?

jueves, 12 de agosto de 2010

Si les gusta esto... jajaja

El primero no tiene título:

1- Los patios jugando con los niños…
2- Las manzanas que se comen a la gente…
3- El moho, pobre, le crecen árboles…
4- De la sombra surge luz…
5- Y el fuego apaga el agua…
6- Cuando Hegel tergiversa a Marx…
7- Si Nietzsche defendió el cristianismo…
8- Y Jesús (no) lo destrozó…
9- Y si la vida termina con la muerte…
10- O se nace antes de morir…
11- O la encarnación falsea la realidad…
12- Como un flete me lleva en Capital.

-o-

El segundo se llama:


Del sol la sombra


Sufre un inmenso castigo
Luz eterna que nunca deja de ser efímera
Cuando de muerte se halla
Ella canta
Su voz nunca vomitó
Y los pobres oídos estallan de temor

Ya del mar la inconstancia
Se vuelve constante;
Ya la velocidad cambia
Y la aceleración queda(mente)
No se huele

Gira, girando, fuerza centrífuga
Del centro afuera debería ir Platón
La gente cambia de estado
Son peores -en olor- que’l queso suizo
Que’l pedo
Que’l olor mismo

Pero basta de física
Los fotones no me caen bien
¿Vamos con la duplicidad?
Está más quemada que un huevo mal freído
Y menos, obvio, que…

Sol
La sombra
Sombra
El sol

Y ahora, recién ahora,
Veo de la sombra,
el sol.

lunes, 7 de junio de 2010

Hasta el ocaso de la Red

Debe considerarse que el siguiente texto está adaptado para la comprensión humana.
Las reglas de pronunciación de los nombres son:
- Todas las letras que estén antes de la “h” no se pronuncian, como tampoco la “h”. Si adelante hay cualquier otra cosa, eso es lo que se pronuncia. La “h” nunca puede ser inicial de una palabra, y tampoco puede ser escrita en mayúscula.
- La “q” suena como “k”.
- Si después de la “d” hay un apóstrofe (d’) se pronuncia “de”, al igual que con cualquier otra letra (ejemplo: K’=Ka. J’=jota, y así sucesivamente).


Hasta el ocaso de la Red.

Salí de mi casa. Me iba a lo de un amigo. Pero, fueron a mi casa. Y me golpearon. Me llevaron a un edificio grande. Ahí me soltaron. Me llevaron a través de innumerables pasadizos, hasta llegar al cuarto. Ese gil que me rompía las bolas antes que el aparato de descargas existiera. Bueno, en realidad él lo inventó. Me pregunté qué querría decirme.
—“Qáahos”, o como se diga, tengo que juzgarte por cargos impensados en mi utopía. Menos en esta época. Después de que mi máquina apareciera en la vida de todos, nadie descargó sus turbaciones internas en perjudicar a otros, sino en mi invención, que convertía las mismas en energía para vivir sin la necesidad de crear…
—Debí haberlo imaginado. Vos y nadie más podría haber sido tan descortés de traerme acá a la fuerza ¿Sabés qué? Nunca usé tu maquina de mierda, no la necesito. Sos un forro. Además, estoy harto de hacer lo que los demás esperan de mí. Quiero que por una vez me dejen en paz y libertad—por sus caras, supe que estaban horrorizados por mi insurrecto monólogo, mas no me iba a rendir tan fácilmente. Decidí ponerle un poco de sarcasmo a la última oración, que me mandaría al destierro, a un lugar que sea como yo quisiera—. Pero no, porque tengo que pedirle permiso al “Gran Inventor” para pensar en un espacio en donde pueda estar solo y tranquilo.
—Bien, bien. Entonces te voy a mandar a donde vos me lo pidas, con tal de que nunca vuelvas a interferir con nuestra tranquila vida. Déjenlo meditar y mándenlo a donde sea que esté su lugar. Que haga lo que quiera. Pero, primero impongan leyes entre nuestro mundo y el que de su imaginación salga. Que nunca se crucen.
Me llevaron a una respetable distancia. Me soltaron. Me obligaron a crear un vacío separado de mi cosmos de origen, y me hicieron entrar en él. Luego, para asegurarse de cumplir las órdenes de su jefe, encerraron ese vacío en una red de pensamientos, que solo podía romperse cuando ideas más puras necesitaran traspasar la frontera.
Me obligué a mi mismo a concentrarme en cosas, para entretenerme, porque de no crear, mi cabeza explotaría. Esa era la única regla que a mi raza le fue impuesta. Pero este maldito nos obligó a que las cosas fueran “soltadas” dentro de un límite, y así mantener el orden en todos los multiversos. Para hacer que algo exista desde tus propios pensamientos en cualquier otro aspecto, se tenía que solicitar un permiso. Y hasta que no te lo daban, no podías hacer nada.
Idiota.
Solo, en aquel espacio, me propuse a comenzar.
Primero, quise crear algo que fuera totalmente distinto a mí; creé la energía. La diferencia más destacable entre yo y mi primer pensamiento en el nuevo vacío, era que ella podía contenerme a mí. Y yo, no.
La segunda, el tiempo. Eso fue un tanto estúpido de mi parte. Además, no era yo el dueño de esa idea, sino mi amigo, “Xhaz-har”, al que iba a visitar ese día. Me pareció estúpido desde que él lo mencionó, pero en otro sentido, le daría otra perspectiva al mundo.
Lo tercero y último fue la materia. No fue difícil, creé 1928374650 partículas que se combinarían entre sí para formar otras más grandes… y las copié. Así hasta ocupar la mitad de mí, si tuviera forma física de acuerdo a las leyes de mi reciente hogar, que esas marionetas de ese sujeto habían impuesto. Les di dos propiedades: a algunos, que se pudieran combinar, dividir, y multiplicar hasta llegar a tocar la frontera; y a otros, que pudieran tener vida, es decir, que funcionen por sí mismas, y que no dependan de lo que yo haga.
Luego me senté a observar mi obra. Cuando mi capacidad de abandonar un pensamiento y dejarlo libre sea insuficiente para mantenerme, quiero que los descendientes de la materia viva lleguen a tener suficientes pensadores como para romper la red de pensamientos y darle una lección a ese maldito de “Ohórd’n”.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Mientras miramos las estrellas

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Ésto me da verguenza. Pero lo cierto es que es cierto, y lo deprimente es que es falso. Pero espero les guste, y no los deprima ni les recuerde nada triste, como a mi. Y no estoy hablando de la primera parte...
Ella rió. Rechazó, casi burlonamente, mis peticiones. No es que yo halla sido descortés, pero no tenía nada para ella, ni siquiera se nos podía considerar amigos. Todo fue rápido y extraño, deja vu, pero al revés. Tenía la impresión de que me volvería a pasar lo mismo, en otro momento de mi futuro.
Buenohaymuchasmasnotengoquedejarqueestomeinhibanisiquieraestoysegurodeamarlaahoraquelopiensosoloesquequeriasaberquesesentiaamarylaelegiaella, pensé.
Otalvezsilaamoypiensoestoparasentirmemejorotalveztodamimentemeestaengañandoyestonuncapaso, concluí.
En fin, tuve que seguir adelante. Pero mi mente jugó un rato con mis emociones, e imaginó. Imaginó…
Ella me escuchaba seriamente, yo le hablaba. Asintió con un poco de pena. Inmediatamente, su incomodidad la abandonó y me abrazó cariñosamente, para después darme mi primer beso. Me miró con picardía.
Imagen desdibujada.
Vuelve.
Ella yace desnuda en mi cama, sus pechos suben y bajan tranquilamente, yo me acerco, y es como un ritual, un ritual satánico, pagano. Empezamos a hacer el amor apasionadamente…
Imágenes sueltas.
Estonomecausasatisfaccion, pensé.
Vuelve a enfocar, misma situación.
Ella yace desnuda en mi cama, sus pechos suben y bajan tranquilamente, yo me acerco, y es como un ritual, un ritual de amor, pagano. Yo me desnudo, e increíblemente soy atractivo, mi cuerpo es el de un joven atlético, no el de uno sedentario, como sé que lo soy. Me acuesto a su lado, nos miramos a los ojos. Su cabello está naturalmente precioso, el mío está naturalmente sucio y desprolijo. Su voz resuena en mis oídos, la mía en los suyos. Nos contemplamos toda la noche. Estamos en un campo, no en mi cama. Miramos las estrechas. Tengo miedo, acerco mi mano a la de ella. Ella tiene miedo, acerca su mano a la mía. Me la agarra, mi mano, mi mano sedienta de calor, del calor que solo ella me puede dar. Y miramos las estrellas…
Ymiramoslasputasestrellas, concluí.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Kwetta Feallo

Kukua vanima, melmenya!
Leo Aryanteva, ëa!, ëa!
(El Alfabeto Latino, El Idioma De Los Quendi o Kwendi, denominado en su propia lengua "Quenya")
Significa algo chicos, adivinen o traduzcan, no es complicado, jaja.
)lo segundo es independiente de lo primero(
)los paréntesis están al revés a propósito(

El deber de un ensueño...

... o el último Héroe
La multitud calló, como en respuesta a algo inesperado. Teñidos de ocre, banderas y estandartes dejaron de flamear, dejaron de acompañar el suave viento. Uno de los espectadores se paró en seco y, sin que nadie lo advirtiera, dio una orden. El centro de atención fue recogido, y al fin su exhausto cuerpo pudo descansar. Usar un arma no había hecho fácil la tarea. La misma se hallaba en el suelo, partida en dos y cubierta de una sustancia escarlata y pegajosa, casi como si hubiera acabado recientemente con una vida. Más allá había un cuerpo, cubierto de pelos. Dos personas fornidas lo recogieron y lo pelaron. Una forma presumiblemente humana se apareció en lugar de esa selva negra. Una forma que sólo dos hombres supieron a quién había pertenecido. Y el saberlo había sido un castigo para el matador, y un deber para con el pueblo en cuanto al ordenador. Pues el pueblo debía divertirse. Y el deber del César era entregar esa diversión en el circo. Y si era necesario que el último héroe mate a su único hijo, por el bien del pueblo, él se ocuparía de que eso pase.